Berlin Blues #1

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             Las cajas metálicas que guardan los cables eléctricos están torcidas, algunas se aguantan con pedruscos mal puestos y cemento crudo. El ruido de los martillos hidráulicos perforando el suelo, debajo hay un pantano. La ciudad está erguida en lodo blando. Las grúas amarillas levantan bloques de hormigón que apilan al lado de un puñado de chabolas de madera. Un trabajador corta árboles con una sierra mecánica, lleva una diadema que le tapa las orejas. Sus guantes están teñidos con la sangre de los árboles más altos. Las excavadoras rebuscan entre asfalto y moho. Un grupo de personas piensa que corren peligro con las vibraciones de la maquinaria. Las cadenas y el polen, todo sale disparado hacia el cielo. Un bloque más a lo que toma forma de muro de carga. Los sacos de yeso polvoriento a contraluz del que pueda cargarlos en sus hombros. La fuerza de un hombre bajito y moreno a las voces de su jefe de partida. Dos en cada brazo. De un montón a otro para justificar que construir es el recado divino de un terrateniente con traje y corbata. Los cascos amarillos en la plenitud de una ciudad que crece a pasos agigantados. La familia que espera un apartamento de protección oficial en una lista interminable de nombres impronunciables. Los que tienen más de cuatro hijos ostentan la preferencia. El mayor trabaja con los padres en la pastelería turca de Sonnenallee con Panierstrasse. Tienen bollos de almendra y miel, pistacho y caramelo. Se despiertan muy pronto los domingos y la masa dulce comienza a levantarse tanto, que cierra las ventanas en tumultos de gente que espera comérsela, las mismas personas que serán sus vecinos. Todo el mundo espera. Por el cuarto sin ascensor, dos habitaciones y cocina americana. O por empalagar las arcadas de la noche en el sabor dulce de oriente medio. El precio por unidad o el precio por quilo. Alimentar a la familia, alimentar a los desaprensivos como yo. Llego a mediodía y quedan cuatro o cinco cajas. Un par de dulces a la semana para saciar el apetito corrosivo. Montañas de azúcar que las excavadoras y los hombres de traje naranja deben amontonar. El hormigón mezclado con el dulce estupor de la esperanza. Quilos de materiales, ollas repletas de levadura, bloques enteros armados en valor. Hay un pedido especial de pastelillos para el contratista, a primera hora del lunes sobre su escritorio en la oficina oficial de primera instancia de construcción y liquidación de tierras. Los saborea con inocencia, guarda un par para su hija, que estudia en el mismo colegio que el hijo pequeño de la familia pastelera. Son amigos al salir del aula, van a clases de guitarra juntos. El primer amor no se olvida nunca. Tampoco el número de asignación en el sorteo de viviendas. Si todos acudieran a un mismo templo, iglesia o mezquita, cantarían juntos en un coro. El encargado de obra señala el paro para comer. El jefe les ha guardado los dulces que le sobraron de ayer. Casi todos los obreros están acostumbrados al ritmo de trabajo. Algunos duermen en contenedores con aire acondicionado. A pie de obra. El cableado borbotea de las farolas. Las luces se apagan a medianoche y un vigilante de turno recorre las alambradas con una linterna. Lo observo mientras fumo en el terrado. Su luz gira en un puzzle imposible de bloques y hierros. Subiendo las escaleras de los andamios, corre de entradas y salidas, allí irá el cuarto de baño, de momento están las paredes. Y una enorme cristalera sobre el balcón de invierno. Las reuniones de la familia allá los sábados por la tarde.

Cuando todos seamos mujeres.

      ¿Y para qué?, ¿para qué hemos llegado hasta aquí?, ¿para inventar la desnudez del cuerpo femenino?. En una sociedad que exalta precaria los centímetros de piel son el peso del oro que madura, o cómo el ser humano lo ha definido, dentro de su hipocresía idealizada de belleza, cánones estrictos, las reliquias sedimentadas de años de historia, conflictos, violencia, y cada uno de esos centímetros de piel en un estereotipo conquistado para saciar mentes que han perdido para siempre, hasta el más incauto de los idiotas quiere contemplar eso. Hemos estigmatizado la belleza, cicatrizado la autenticidad de un ser original que igual que los de antes, ha perdido. Los focos apuntan al mismo lugar, te giras dos veces para verla pasar, son todas ellas lo que quieres realmente ser. Codiciamos cada objeto de valor para que sirva de testimonio falso de nuestra patética presencia, codiciamos éxitos, conquistas, desplegamos nuestras armas, enseñamos las banderas, todo es ahora una gran guerra convulsa y simple, para contentar el egoísmo que nos domina, mujeres, mujeres, y más mujeres caminan al lado de ellos, en las frases adecuadas y las costumbres de un objeto de valor, que inalcanzable se suma a la ambición estética. ¿Quién quiere envejecer?, nadie quiere morir, los surcos de la piel, la entonación de la voz, la vitalidad, la belleza es una pequeña tara de nacimiento, es otro defecto más que la mujer debe atragantar en los mismos espasmos de dar a luz. La esclavitud femenina comienza en habituar esa tara de lo bello en su propia cadencia, mujeres, todos somos mujeres.

Todos formamos parte de la medida justa de conservar esa tara natural, de romper, de querer cambiar. La mujer es una expansión de su propia identidad. ¿El valor del sexo?, codiciar nuestros cuerpos nos transforma en cómplices de un error común y aceptado, dominante en cada individuo. Ante la excusa perfecta para los anuncios en la televisión y la prensa, ante la idealización de un comportamiento completamente sexual, sin identidad, sin verdad. Yo estoy tan atrapado como los demás, cada centímetro de piel debe pertenecerle a su dueño, a nadie más, no existe el derecho sobre ningún cuerpo, aunque también me declare culpable, y mis intenciones actuales sean llevar esa idea de belleza para mi propia e inevitable diversión, aunque no quiera, me han enseñado a seguir equivocado.

Todos somos mujeres tenemos una madre y sentimos dolor cuando llora, todos somos mujeres y no sabemos aceptarlo, porque el hombre es un ser asustadizo que corre a esconderse. No importan los cuerpos, ni las formas. Cuando todos seamos mujeres para conquistar más allá de lo que nuestra codicia inherente nos dicta, para conquistar fuera de egoísmos, para conquistar nada más que a nosotros, para conquistar la vida, y devolver el amor. Cuando todos seamos mujeres, en la habilidad natural y salvaje de las mujeres salvajes, cuando todos seamos mujeres no hay diferencias, cuando todos seamos mujeres no hay lucha, cuando todos seamos mujeres seres de luz en un universo oscuro, el diapasón seccionado del útero salvaje y su daño, cargar la plenitud ilusamente pura. Cuando todos seamos mujeres limpiar los cacharros en el agua fría, y cantar las alabanzas del despertar feliz de un nuevo día, sabernos lo que es sabernos, y sabernos lo que es dolor. Algún día, cuando todos seamos mujeres.

Llevo tres días.

          Llevo tres días sin salir de casa. La última noche que vi a Marchiat, todo se fue a la mierda. No he vuelto a hablar con él ni con ninguno de los chicos, ni tan siquiera con Alejandra, que no sabe nada de nada. Pero sólo puedo creer que mi comportamiento imprudente no hará otra cosa que extenderse por todas mis células, abriéndose aterrador para lo que no quiero afrontar. Estoy mejor aquí, aislado otra vez del mundo. Incluso pienso en marcharme de Berlin, olvidarme de mi rehabilitación, no ser más la persona que se supone que debo ser. He traicionado la sinceridad de un perfecto amigo, perjudicando todo nuestro entorno. Pet me dejó una nota ayer bajo la puerta. «Hemos de hablar.». Ahora sólo puedo pensar que va a querer deshacerse de mí. Me puedo despedir de este apartamento y de la fugacidad de esos chicos. Incluso he comenzado a preparar mis maletas, aunque fuera únicamente para ocupar mi tiempo fuera de mi tormento. Volver a la soledad. Tan cerca de haberlo conseguido, tan cerca de haber besado a March. Dios me llama por teléfono para que le devuelva el dinero que le debo. Mi promesa se muere a los pies de esta cama. No me atrevo a cruzarme con él. Mi razón me dice que no es lo suficientemente importante como para plantearme el suicidio otra vez, pero mi hígado rompe en un llanto sobrio lentamente triste, puedo hacer lo que quiera, es la contradicción del cobarde, soy ese cobarde de nuevo en este tapiz de nubes que atraviesan la habitación. La mesa, la silla, la lámpara, mi ropa, el espejo que encontré en la calle… todo se tiñe de un mordaz temor que saluda la melancolía más oscura que he sentido nunca. De algún modo extraño puedo acordarme de recuerdos inventados con él, de esas cosas ampliadas con la poca referencia de nuestra amistad.
También pienso en Alejandra, en lo fácil que sería si ella fuera él. Creo que voy a llamarla por teléfono, tengo la pasta que me pidió, a lo mejor me puede acoger en su casa por unos días, hasta que decida si me quedo o me voy. Es casi como en el cielo, en las puertas de San Juan, pasando revista a todo lo que he hecho en este tercio de mi vida, en el primer tercio tirado a la basura. Huelo sus risas. No puedo evitar quedarme muy quieto cada vez que oigo detrás de las paredes ruido en la escalera, o el sonido golpe sordo de una puerta cerrándose. Llevo más de un día sin comer nada, a base de agua del grifo y la última caja de cigarrillos prestados de March. Observo el paquete de Marlboro Light y me quemo en su humo, no puedo respirar. Ya no me deja dormir. Tengo todas mis cosas ordenadas. Cercioro cada elemento que me ha devuelto aquí, repaso los nombres de todos ellos. El dolor en el parque, jugando al fútbol. La tierra seca en las suelas de mis zapatillas, llevo la misma ropa que desde entonces.
Escribo notas imaginarias con las que despedirme de él, o de ella. Cada segundo para plasmarlo en una traza no me dejes así, desde mi plexo sola se dibuja esa idea que inalcanzable me hendía en pinzamiento del retrato de mis noches en la pared, un retraso en el rastro a lápiz de un rostro que reta el tiempo que trata la trama de la línea trazada y entrelaza a puntos la teoría de temer tardar en despertar en sus brazos. El chillido rebelde en palabras que no puedo terciar, no quiero despedirme todavía.
Me asomo a la ventana del patio desde mi habitación. Los vecinos siguen con vidas en la inmensidad de su realidad, aquí estoy, anónimo integral, sintiendo de lejos el calor de la calle, añorando algo que no he llegado a tener, necesitaba unos días más, algo de tiempo y margen para entender lo que podía estar sucediendo. Pero intento dormir, las plantas en la repisa de la ventana llevan tres días sin regarse, llevo tres días desintoxicando mi cuerpo y pasando calor entre estas paredes, he perdido el resumen de lo que venía, no me encuentro si llovía. Escucho de nuevo las escaleras y me aparto de la pared, tapo mis oídos con las manos mugrientas de la cama deshecha, llevo tres días sin descansar mis ojos. No me atrevo a salir.

En el bar de Pol

         En el bar de Pol se juntan los mendigos de horas bajas, es la calumnia tranquila de las resacas, el antro de los últimos esbozos de abrazos. Son casi todos gays, las mujeres acuden en carnazas carnavalescas de pintalabios, todos consumen. El ambiente depresivo suplanta una eyaculación común de anestesia sideral. La música en los carteles de las paredes relincha con caballos de apuestas, y señores con sombreros de cuero y pluma de pavo real. Es la reacción que esperas de los trabajadores del sexo, el puñadito de travestis se abalanzan sobre las butacas, es divertido sacar la cabeza por la ventana y observar a los mirones que atrasan su reloj para disfrutar de las vistas. Son unas descaradas felices, locas del coño, ya no disimulan sus voces roncas, toda la noche gritando, intercambiando salivas, chupando y dejarse chupar. Aquí pueden ser ellas mismas incluso sin las fajas compresoras, me siento atraído por esas travestis, bien de cerca deberían afeitarse más a menudo, los labios hinchados. Algunas son más viejas que otras, las de mayor edad son alemanas, tienen la robustez nórdica en las lorzas que despojan bajo sus vestidos de mercadillo, aunque nada es barato; Recurren a la broma porno, se suben las faldas y viajan a su infancia tarareando conjuntos de canciones. Shnaps es el licor de menta más asqueroso que jamás he probado, «ya te has lavado los dientes», dice una mientras los traga de par en par. En el bar de Pol lo sirven con nostalgia, las maricas viejas lloran en el cuarto a oscuras, todos están cansados de follar, de jugar a perseguirse como colegialas en celo de una jauría descontrolada. Parece la salida abrupta de un instituto de barrio pobre, algunos vienen a aprender cómo colgarse en las fosas nasales, cómo respirar, abrir bien los pulmones y saborear un traguito más. Schnaps!. Los turistas no nos alcanzan. Los que no son vejestorios alemanes son engendros afincados en el barrio de Prenz, los retacos pijos que encandilan a jovencitos de veinte con sus coches descapotables aparcados en la calle, los del barrio rico que tratan de divertirse en la última colmena abierta. Los domingos a misa. Cristianos con actitudes ortodoxas, toda la liturgia de la bebida acaba en este antro. No importa su género, todas son maricas, quien entre o quien salga todos somos mujeres. Los travestis más jóvenes no juegan tanto, son putas sin vicio, sólo el maravilloso talento de ser puta les salva, la clara aptitud para enlazarse en una importancia inhóspita. Son putas porque quieren, encantadoras putas, pero tienen claro el oficio, son mujeres de negocios. Todas comparten un contable, llega vestido con su traje gris, y la corbata rosa, camisa blanca, se sienta en una de las únicas mesas que tienen luz directa de la calle, pide una taza de cafe aguado, y una tras una, van contándole sus penas, pasándole sus números, declarando sus rentas. Todo tiene que estar detallado, horas, minutos, tarifas, bonos, descuentos, jornadas. Asuntos serios en el desfile de pelucas y purpurina, todo huele a regaliz. El equipo de música repite somnoliento el mismo cd, hasta que Pol se da cuenta, entonces lo cambia por otro que vuelve a repetir hasta la saciedad, en ese preciso momento del cambio entre discos se genera un silencio mortuorio, todo se queda callado, ahumado y espeso, todos se miran extrañados, es un silencio de varios segundos que se prolonga en el alma de todos, el pensamiento de irse a casa aflora en ese instante, entre discos, un silencio de ahora o nunca, parece que la levedad se conecta consciente de una realidad, frente al deseo de continuar la fantasía en el fervor de una náusea, Un instante demoníaco que metaboliza las expresiones de todos cabizbajos y de lado. No más de una decena de segundos hasta que la rueda se enciende de nuevo, y pone en marcha la continuidad deleite.
El bar de Pol es como acordarse de la primera vez que te arrepentiste, ¿cuándo sucede eso?, ¿en qué parte de la infancia?, tal vez seamos conscientes cuando hemos alcanzado cierta madurez, cuando el crío deja de lado sus juguetes, empieza a tentar la suerte con la idea de crecer. Todo es recurrente, las travestis descalzas arropan la calidez del útero, los pies sobre la mesa, jugueteando con tajos de limones resecos, sentarme al lado de ellas para acariciar fuera de sus entrañas vaguea de la edad, o cuando todo se relanza, desde sus disfraces hasta sus perfumes. «Todos los hombres guardan un par de zapatos de tacón en su armario», dice una de ellas, o uno de ellos, o lo que quieran ser. Esa es la explicación, ser lo que realmente desees, sin importar el bozal que debas utilizar. Un troquel de ventanas apagan las luces rojas, abierto más allá del amanecer diablos sin rostro, vibrando la esencia clandestina de unos psicópatas encerrados. Uno de los nuestros, de los que se han dejado vencer por la sociedad y se amagan escondidos de los días de diario, de los colegios, las facultades, las empresas, las coaliciones de ejecutivos que contratan sus servicios, cien pavos la hora, ellas pueden ser de ellos, fragancias en urnas de cristal tallado. Bailan al lado del lavabo, vomitan las noches anteriores, el abogado en la primera línea de guerra firmando y cerrando contratos. El desprecio que les hacen y no querer entenderlas, jóvenes o viejas, estamos aquí por algo, un trago más de menta, algo caliente que llevarse a la boca todas las noches. Puedo mentir tus hijos, puedo mentir tus signos de debilidad, el ambiente de los maricas rancios apagando las velas de una que cumple años en la esquina, los ladrillos de las paredes devorados, morder el polvo que los ha visto caer. Este es el epicentro de gravedad cero donde sus cuerpos flotan en flores imitadas, todo es la imitación de la realidad.
Rasco mis bolsillo y pongo el último puñado de monedas sobre la mesa, March encierra los párpados, todos queremos dormir y ser pasto de nuestros sueños, esto es lo más cercano de la lealtad que supuran sus venas, todos por todas, para defenderse con los colmillos y las uñas de gel, colores rasgados en la piel de sus clientes, sentirlo como ellas, hacerlo igual, utilizar el mismo lenguaje de deshacer las lágrimas de familias alejadas, la vergüenza de una madre para cuando sepas darte cuenta de lo que significa equivocarse, el lamento de arrepentirse, el púlpito de madera para dar el discurso de despedida, ya he crecido, ya se que estoy aquí encerrado, ya se de qué puedo arrepentirme, de no haber sido consecuente con mis decisiones, de prevalecer en un enigma que trae consigo las etapas de crecer, arrepentirme lo suficiente para saber de una vez por todas lo que realmente quiero en mi vida. Maestras travestis enganchadas a la nicotina, al nácar amarillento de sus carnes enjauladas, todo eso, repetirlo cada día y rezar en este dilema. Diademas de metal con espinas doradas sangrando en los huesos capilares, las ideas robustas de madurar, y regalarle a March un par de zapatos de tacón, imaginarla ahí sentada como una puta más, sólo para mí, pagarle con mentiras de un futuro insospechado. Que sea mía, disfrazada o vestida, desnuda o soñada, ella o él, que sea para mí. Pintarle las uñas y poner sus puntas de los pies en mi boca agria la verdad de ser uno más de ellos. El sabor de sus pies, estirado, tenerla encima y magrearla, comer su acento, mostrarle la cara oculta de mi vicio. Crecer es aceptarnos, la representación viva estética de la mujer que resta atrapada entre estos engendros espantosos. No hay un lugar más romántico. Es mía. Mona. Putas travestis que descienden por mi garganta y bailan un final apoteósico al ritmo de techno suave desde la maquinaria de discos de Pol. El contable calcula sin interrupciones los números dañados de sus noches de entrepierna depilada y coitos salvajes, dar o que te den, la única cantinela suave y dura de la perversión que domina a unos y somete a otros.

Cojo mis juguetes y me voy de allí.

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           Ayer estuve en una fiesta. Yo nunca llego tarde, aunque deteste hasta lo más profundo de mi océano gris el compromiso, nunca llego tarde. Es una acuerdo que hice hace tiempo con mi ego, una tregua temporal para no caer en excusas, miento fatal, y los que me rodean lo saben, aunque siempre me salgo con la mía. Llego y bebo rápido la primera copa, el hielo no se deshace si quiera. El apartamento de mis amigos todavía está frío, la música baja, las luces muy encendidas, y las habitaciones vacías. Todo es una suave balada afónica que quiebra en mi garganta la segunda copa humeante de un par de cigarros sin conversaciones apenas, saludos de aquí para allá, sin interés, nada que colme la periferia abstracta y llegar en manadas que ocupen el espacio que nos despliega. Sobre la alfombra marrón que manchan el suelo las suelas de los de afuera, todos entran lentamente, el ruido expande las paredes sin cuadros, y las fotografías van prendiendo autorretratos absurdos con caras conocidas, caras nuevas. Empiezo a sentirme cómodo. Ya hace calor, y entonces me despierto a su lado y no quiero entenderlo, pero yace desnuda, mi ropa está apilada en un rincón, bajo una silla de madera. Su ropa está por todas partes, sobre la mesilla, en la mitad del suelo, en su soledad, bajo el marco de la ventana, en los ganchos de la pared, esparcida en rastros de resaca y temor, la ropa está tirada como quien no quiera dejarse. Lo he vuelto a hacer. Debería haberme marchado, me quedé dormido. Hay restos de mi semen en las sábanas. Me levanto y me visto. Salgo de aquí corriendo.

             Ayer estuve en una fiesta, los lobos comenzaron a acechar en círculos, sonando grueso, emborrachándose poco a poco junto a un grupito de niñatas. Me fijo en una rubia. Parece la más suelta de todas, baila exagerada sus tacones que adivinan el final de la espalda tersa. Está sí. Me ha mirado sin querer, le he clavado una estaca en sus pupilas inocentes, está claro, le saco más de diez años, es perfecta, casi una niña. Paso desapercibido entre los animales que todos quieren lo mismo. Escupo chispas de cafeína y testosterona. Me he acercado a ella, no me ha hecho caso, prefiero pensar que es un jueguito, y yo un crío que juega con sus juguetes. Todavía no se tambalea. Sus amigas están distraídas, con aquel y con el otro. Están oliendo sus desgracias en la repisa del baño, me apunto con tristeza para hacer tiempo, canciones sueltas, no hay vecinos, amargo, ácido, blanco. Me excito de golpe, necesita una copa más. Una canción bonita. La tomo por la cintura, está demasiado embravecida, pero se ha colocado con algo, alocada y riendo, en un descuido la beso en la boca y le gusta, sorbo su saliva desmejorada e inquietas gotas en mis mejillas y sus labios corridos. Cojo mis juguetes y me voy de allí. Todo es impresionante. Lo sé. Evito que sus amigas aparezcan como buitres, aunque parecen ocupadas con mis colegas, palpo a ciegas el pomo de la puerta de una habitación desde el pasillo a oscuras, no hace falta encender la luz, la guarra casi ha vomitado sobre mí, me quito la ropa con cuidado. No es nada nuevo, siempre ha sucedido así, lo vulnerable ha de ser erótico, eso me han enseñado, he visto demasiadas películas, demasiadas cosas malas, tantas y tan a menudo, que todo me parece normal, joder, si la tía estaba allí significa que quería juerga. Lo vulnerable es erótico, me pone terriblemente cachondo que se dejen y no puedan. ¿Qué es el placer?, poseer, para mí es poseer, poseerla aquí mismo y ahora, porque me lo ha pedido a gritos. Cómo viste, cómo baila, cómo hechiza la punta de mi pene. No son imaginaciones mías. Es verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

        Ayer estuve en una fiesta. He salido a la calle, deben de ser más de las doce del mediodía, llamo por teléfono a mi colega, le digo que la he dejado allá, que limpie las sábanas porque hay un par de cercos de semen y sangre. «No pasa nada tío, espero que te divirtieras». Asegúrate de que no recuerde nada, debió estar de puta madre. «Me pongo como un demonio». Nos jactamos de nuestras movidas. Y así me marcho a casa. Un hombre de verdad. Al llegar me pondré una porno en el televisor nuevo, llamaré a mi madre y le diré que el domingo comeré en casa. Cojo mis juguetes y me voy de allí.

La cicatriz que tiene sobre el ojo es mía

mala

            Pido permiso a todos los santos hombres para pegarle un puñetazo, porque es mía. Ella es mía. De nadie más. Y tengo el derecho a ser un innumerable que sume la desgracia de cientos de mujeres. Sólo es un número más, pero es mío, todo lo suyo es mío, sus orgasmos son míos, las medias melenas en rizos trenzados son míos, esos restos de puñados de pelo cuando los arranco de cuajo en mis arrebatos nocturnos, despertarse conmigo es mío. Es mía. Mía como una propiedad infranqueable, y soy el único que la puede castigar. La violencia sólo es violencia si la otra no acepta los golpes, pero ella lo quiere todo de mí, incluso los ojos morados, los huesos rotos, y las rasgaduras abiertas de su blanca piel amarga. Es un insulto mal dicho. Es mía. Soy su insulto y me pertenecen hasta sus entrañas, me pertenecen los hijos que no hemos tenido, su vida entera está en mis puños, su ceguedad, su sordera, todavía puedo pegar más fuerte. El tímpano sordo emite un pitido agudo que se clava directo en el cerebro hasta que las sienes arruinan las ideas. Le he roto la ceja derecha dos veces, la cicatriz que tiene sobre el ojo es mía. Pero que va a ser de ella sin mí, no hay nada sin mí en su vida, hasta sus cicatrices son mías, las de cada aborto, las de su coño rajado por cada empujón. Lo hago porque es una cobarde. Me gusta así, no puedo pagar con nadie más el miedo que realmente le tengo, porque ella es capaz de amagar sus sentimientos en cada bofetón, y yo no puedo. Ella sabe amar incluso mi asco. La mataré porque es mía. La mataré porque no quiero seguir sufriendo la desidia que me despierta a su lado, la mataré porque no soy más que el rastro vomitado de un engendro absurdo de humano, la mataré porque soy un infeliz, espero cumplir sus deseos de amor, así de esta manera, sin que nadie pueda decirnos nunca nada. Todas sus cosas son mías. Su familia es mía. Su ropa, su coche, sus zapatos de puta, su ropa interior deshilachada, su negro y su blanco, su historia, su madre, ella es toda mía. Ha nacido para serlo, para morir por mí. Y algún día la mataré, ya lo estoy haciendo, poco a poco. Un golpe cada día, ya no necesito ni excusa. Ha muerto en su interior, y ya es mío, su corazón, y su hígado. El doctor hizo la vista gorda en la última vez que estuvimos de urgencias, las miradas de las enfermeras son mías, «pobre chica», dicen. La arrastro a palos hasta la cama, la violo cuando me apetece, porque soy un amante de primera, soy perfecto. Mi madre hace la vista gorda, sus compañeras de trabajo también, todo el mundo sabe que es mía, que me necesita para morir, un poco más cada día. Y lo es porque puedo, porque soy un hombre, y me pertenece. Yo dejé de pertenecerle la primera vez que la insulté, recuerdo aquel día como si fuera hoy, cada segundo se dilata en aquella maravillosa experiencia. Es mía porque yo no le importo a nadie, pero tampoco ella. Su epilepsia no ha hecho más que empeorar, todo es su culpa, no quiero que muera si no es en mis manos, he probado su sangre, hambre de su sangre sabor de triunfo, el único de mi miserable existencia. La manera que amamos, la manera que experimentamos el dolor. Ella ya no lo siente. Pido permiso a todos los hombres para pegarle el último puñetazo.

Ni rozarán un solo pelo a tus niños

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       ¿Dónde empiezan las guerras?, ¿las batallas?, ¿la estupidez humana?. ¿Dónde coño empieza el conflicto que amargo aprieta los dientes contra la mandíbula hipertrofiada de un puñado de imbéciles?. Miro a mi alrededor más inmediato, no veo armas, ni bombas, ni siquiera radicales, por no ver, no veo ni pancartas de paz, ni manifestantes enloquecidos. Tal vez no mire en profundidad, o soy corto de miras, o todo me queda demasiado lejos, aunque luego alguien me entromete con ideas aprendidas de lo mal que está el mundo. Todos seguimos el son de todos, a pesar de que nunca me gustó el compromiso. Y a quién le gusta lidiarse con el futuro en esa palestra del día tras día, si alguien puede venir en cualquier momento y meterte un tiro entre pecho y espalda en nombre de Dios, o violar a tu hijo en nombre de Dios. O en nombre del territorio, ya sea por pertenecer a él, o por todo lo contrario, por ser un emigrante obligado. Ni Dios ni patria, esos son los peores, abogar por la igualdad de los hombres en lugares donde no, nunca te matarán, ni rozarán un solo pelo a tus niños. Y en caso de revolución, los idiotas saldremos a comprobar que nadie quemó nuestro coche. Creo que me he quedado ciego de tanto esperar a que pasara algo. Me han puesto en el cuerpo ganas de marcha sangrienta, tengo el morbo de los cuerpos mutilados, o las bombas a medianoche, o rasgar metralla del cuerpo sin vida de un hermano. La guerra empieza en el miedo. El poder empieza en el miedo. La crisis empieza en el miedo. Europa empieza en el miedo, incluso Dios y el territorio, empiezan en el miedo.

        El miedo germina como una enredadera, se mete caótica agarrada entre ladrillos y paredes, agujeros, ramas, todo se contagia de su basto oleaje sembrado desde una única raíz. El vecino ha bajado las persianas a una hora temprana de la tarde, se infunde en las sospechas más mártires, luego ya son dos los que cierran la parada pronto, las calles se vacían antes, y ya está todo listo. La gran enredadera del miedo es sorda y ciega a la liturgia clandestina de la paz. No nos queda otra manera de entender al ser humano como un cómplice continuo del miedo ajeno. El sistema burocrático, las denuncias, levantar acta. Venerar a los héroes caídos en combate. Visitar el primero de cada mes el viejo mausoleo épico de una batalla convulsa en tierra hostil… Todo es un caldo de cultivo para contagiarnos, y nunca fue tan fácil, todos estamos conectados por esa enredadera. Luego en el bar bromeamos sobre la metralleta que nos hemos comprado el pasado fin de semana, o lo buena que está la nueva camarera. Y somos muy machotes, no tenemos miedo a nada. Nos la follaríamos de cualquier manera. Claro que sí. Miedo a nada.

        El tiempo pesa en desgracias que se acumulan en las interacciones sociales. ¿Te enteraste de aquello que pasó el otro día?, ni mucho menos, estaba demasiado ocupado tejiendo una telaraña entorno a mi cama catódica, sabes que duermo poco y floto en el limbo, prefiero no enterarme de lo que pasa, ni siquiera uso internet, porque acabo viendo vídeos de gilipollas. ¿Será que tal vez fácil sea quejarse de lo que se ignora, o si se ignora, no atañe ni un soplido de verdad?, si bueno, que Dios es una mierda, porque fue el primero en meter miedo a la gente. Venerar una figura suprema, qué sueño tan grande he tenido, hacer de todos los hombres profetas de sí mismos, y darles a las mujeres una espada de hierro para cortarles las cabezas. Habló así, siempre desde la ignorancia. Aunque a partir de ahora voy a hacerlo desde la ignorancia del miedo. Tengo una serpiente entre las manos, voy a sacudirla hasta que escupa el elixir de la vida, y reúna en una habitación a mis personas cercanas, ese puñado de colegas está esperando en la puerta del vecino, preguntándose si a lo mejor se ha muerto, esperando para repartirse sus más preciadas pertenencias, todos al son de todos, todos con derecho a todo, a cualquier Dios o a ninguno, y a escapar de esa tierra tan amada por los puñeteros fascistas de turno. Ni patria ni ley, anarquistas hasta la médula el puñado de saqueadores que me invitan a un par de cervezas en las escaleras de ese colegio detestable en el que me alistaron mis padres. Ahora lo recuerdo claro, el miedo empieza allí, en el colegio, en los hijos de puta que hacen de la disciplina una obligación sistemática, recitar de memoria y conceder el grandísimo placer de discriminarnos, los unos con los otros, ya de pequeños. No me jodas, el miedo empieza en nosotros mismos, en proteger nuestras cosas, ya de pequeños, miedo, insulto primero porque tengo miedo que tu me insultes antes, te pego primero, crezco, y te mato primero. Siempre así. El miedo, como la guerra, empieza con nosotros mismos, y de bien pequeños, justo cuando nuestros padres pensaron que nadie podría rozarnos ni un solo pelo.